La Musa Mexicana

Juana Inés de Asbaje Ramírez de Santillana, nacida un 12 de noviembre en San Miguel Nepantla, fue una religiosa de la orden de San Jerónimo y escritora novohispana, exponente del Siglo de Oro de la literatura mexicana en castellano y en lengua indígena.

Ya que incorporó el náhuatl clásico a su creación poética

Dotada de amplios conocimientos, con su mirada penetrante, de esbelta figura arrollaba a cualquiera con la insuperable fuerza de su sabiduría.

Fue una mujer de belleza salvaje, que a una edad muy joven, se sumergió en las profundidades de la meditación y la iluminación como consecuencia.

Su afán de saber, su voracidad intelectual, su reto ilimitado a la ignorancia y al patrón de sumisión adjudicado a la mujer en aquel tiempo, la convirtieron en compañía poco recomendable para los que manipulaban el poder mediante una trepanación colectiva.

O estabas con lo convencional más ortodoxo o podías arriesgarte a un futuro terrible.

En su tiempo, no se veía con buenos ojos que una mujer alimentara su curiosidad intelectual o independencia de pensamiento.

Se acostumbraba que ellas tuvieran un estilo sumiso e ingenuo.

Pero ella plantó cara, abrió camino, se enfrentó a las mentes masculinas de su época, a cualquier tipo de pensamiento que tuviera más ventilación que la permitida por el pensamiento dictado por los poderosos.

Juana Inés de la Cruz se enfrentó a los personajes habituados a las cómodas costumbres que nunca hablaban de la injusticia que sufrían los desamparados.

Eligió el convento para no pasar por las restricciones del matrimonio y así poder seguir gozando de sus aficiones intelectuales.

Su celda era el punto de convergencia de poetas, intelectuales y curiosos, que en un desfile sin fin acreditaron y agrandaron la magnífica figura de esta cuita mujer.

Entre otros estuvieron Carlos de Sigüenza y Góngora, pariente del poeta cordobés Luis de Góngora y del nuevo virrey, Tomás Antonio de la Cerda, cuya esposa, Luisa Manrique de Lara, de la que fue dama de honor y con quien le unió una fraternal amistad, formaban las filas de sus incondicionales.

Su biblioteca llegó a tener la nada desdeñable cifra de 300 libros, una cifra increíble.

La filosofía, la música, la mística, la historia, la criptografía, la cocina y otros vértices del pensamiento, convivían alegremente entre las cuatro paredes del silencio en el que habitaban cuerpo y mente de esta mujer adelantada.

Compuso obras musicales, reflexiones filosóficas y una extensa obra que abarcó diferentes géneros; poesía y teatro convivían venerando la herencia de su época.

Sus reuniones improvisadas eran de una erudición talentosa y atrayente.

Nadie se escapaba de su lucido verbo e hipnótico discurso.

Sor Juana Inés de la Cruz reivindicó el derecho de las mujeres al acceso al conocimiento sin ninguna restricción y completo.

Su respuesta es una bella muestra en prosa poética a través de la cual se pueden ver los rasgos personales de esta ilustre religiosa.

Luego de un tiempo se deshizo de su querida biblioteca y de sus escasas pertenencias.

Lo que obtuvo lo donó a la beneficencia y cerró tras de sí la puerta de la libertad.

Así una mañana cuando el sol por el levante –la única concesión que había pedido, un mirador hacia la iluminación–, confortada por sus compañeras durante una epidemia de cólera que asoló México en el año 1695, entregó su única posesión a esa luz que todo lo envuelve.

Solo tenía 46 años de vida.

Su obra póstuma, el Fénix de México (1700), anticipa la visión y lucidez de un pensamiento desbordante y atrevido, osado y valiente, no apto para ese tiempo de ciegos y sordos que le tocó conocer.

Por: Antonio Aceves

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