Migrante sin papeles/Vivir y soñar unos años/Luego, la abandonó…

UNO. Migrante sin papeles

Durante 5 años fueron novios, amantes y matrimonio. Se conocieron en la escuela a los quince años. Y cursaban el tercer año de secundaria. Y a los dos años ya tenían el primer hijo. Y a los 3 años, el segundo.
Y cuando cumplieron veinte años de edad, sin oficio ni beneficio, el chico tomó la decisión más importante de su vida. Meter su ropita en un morralito y agarrar camino a Estados Unidos como migrante sin papeles.
La esposa, pero más aún, los dos hijos, lo reclamaban. Mejor dicho, tres hijos, el tercero que estaba en la panza de la chica.

DOS. Vivir y soñar

El chico se fue con otros amigos. Y tuvieron suerte. Llegaron a la tierra prometida.
Trabajadores de campo, encontraron chamba en un rancho. Y se amacizaron porque “muchas cornadas da el hambre”.
Cada mes, cada año durante los siguientes 5 años, el chico enviaba la remesa puntual.
El dinerito apenitas alcanzaba para irla pasando. La comida. La ropita. Los zapatos. Una emergencia médica con los tres hijos.
Pero, bueno, alcanzaba para seguir viviendo, y lo más importante, soñando.

TRES. Pretextos de la vida…

¡Ay, tantos sueños! Por ejemplo, comprar un terrenito en el pueblo rural y construir una casita.
Por eso, la chica, diestra en el manejo administrativo del hogar, iba guardando unos centavitos cada mes soñando con la casa.
Pero en 5 años, nunca el chico volvió al pueblo, ni siquiera, vaya, un fin de año, para reunirse con la familia.
Siempre el pretexto universal. Que no tengo papeles. Que la migra está dura y ruda. Que si voy será difícil entrar de nuevo.

CUATRO. Que vive con otra mujer

Hacia el quinto año, el chico suspendió el envío de la remesa mensual. “Dejó de mandar el dinerito” dice Ofelia, la chica que a los 15 años iniciara con Pedro la aventura de la vida en el salón de clases de la escuela secundaria.
Y en los llanos de Sotavento, los años se volvieron un infierno. Días duros y sombríos. Días adversos y huracanados a partir de una sola realidad estrujante como es el peso económico y social de tres hijos.
Nunca más Ofelia supo ni ha sabido de Pedro. Algunos paisanos de Tlalixcoyan le han dicho que cambió de entidad federativa en Estados Unidos. Que vive con otra mujer. Que han procreado hijos.

CINCO. Asistente doméstica

Los padres de Ofelia entraron al quite. Se la llevaron a vivir con ellos.
Y ella, claro, se puso a trabajar. Sin estudios, sin un oficio técnico, la única posibilidad fue de asistente doméstica.
Y a través de los paisanos se fue abriendo puerta. Y de casa en casa buscando oportunidades.
Y día llegó cuando estaba contratada los seis días de la semana, el domingo para descansar y estar con los hijos.

SEIS. Historia difícil de una mujer

Sale de Tlalixcoyan a las 5 de la mañana para llegar a tiempo a la zona conurbada Veracruz-Boca del Río a la casa destinada.
De las 7 horas a las 5 de la tarde trabaja como en hacienda porfirista. Duro y rudo. Afanándose en el día con día.
En la tarde/noche regresa al pueblo para dormir con los hijos y sus padres. Pero pronto, el tráfago se volvió agotador y extenuante y mejor se fue con una amiga a vivir y juntas comparten la renta.
Es la historia difícil de la vida adversa de una mujer. Y Pedro, como canta José Alfredo Jiménez, “aunque siga viviendo para ella está muerto”.

Escenarios
Luis Velázquez

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