La muerte como compañía/La vida como un vértigo/Los días de los sicarios

UNO. Levantarse con la muerte cada mañana

Nadie como los sicarios y carteles saben lo que significa “levantarse todas las mañanas con la seguridad de que los matarán”, como lo escribió Gabriel García Márquez en su primera novela, La hojarasca.
Pero también, muchos ciudadanos de a pie inician cada día con el miedo y el temor y el terror de una bala perdida en el Veracruz polvoriento, oloroso a pólvora y sangre.
Un secuestro. Una desaparición. Una tortura. El asesinato. Terminar en una fosa clandestina. Pozoleados o cocinados.

DOS. Nadie se salva

Todos estamos expuestos.
Desde la flor más bella del ejido hasta el rey feo del carnaval y hasta las presidentas municipales y regidoras y ni se diga los aspirantes y suspirantes a un cargo de elección popular.
Y aun cuando cacarean que atrás de los crímenes de los políticos están los narcos, caray, ni tanta euforia se ha refocilado tanto como cuando descubrieron que Remedios la bella había volado al cielo cuando tendía ropa en el patio de casa.

TRES. Contratados para morir

Pero al mismo tiempo, pocos seres humanos viven a la orilla del precipicio, todos los días y noches, como los sicarios.
Ellos saben que fueron contratados, más que para vivir, para morir en el frente de batalla, en la retaguardia, en el centro.
Les pagan, más que para llevar el itacate y la torta a casa, para defender con sus vidas las parcelas de poder. Parcelas que giran, entre otras cositas, alrededor del negocio de la droga, el huachicoleo, el secuestro de migrantes, el asalto en carretera, en autobuses y en casas particulares.
Y desde luego, en el fuego cruzado con los otros carteles y los otros sicarios y los otros malandros.

CUATRO. Tarea peligrosa de la vida

Está canijo que de pronto el padre de familia, sicario, se despida de la esposa y los hijos y se vaya a trabajar durante semanas y meses con los carteles y cartelitos.
Y que la orden de los jefes en cada nuevo amanecer sea cumplir la tarea más peligrosa de la vida, como es agarrarse a tiros con los otros para adueñarse del negocio.
Y la familia, quedar en ascuas, sin saber si regresará vivo o muerto.

CINCO. Amnistía y perdón

Por eso quizá, López Obrador, como buen cristiano que es, desde un principio planteó la amnistía y el perdón para los malandros y carteles.
Incluso, hasta saludó de mano a la señora madre de Joaquín Guzmán Loera, El Chapo, en girita en Sinaloa.
Más todavía: ofreció a la madre de El Chapo cabildear en Estados Unidos para que fuera repatriado y aquí someterse a juicio penal.

SEIS. La vida, puesto el acelerador

Una mente y un corazón especial habrán desarrollado los sicarios para vivir con la bilirrubina al máximo decibel.
Y salir cada día a la chamba con la pistola en el cincho, quizá una R-15 a un lado, pertrechado con bombas molotov.
Seguros, incluso, de que perderán la vida. Y si bien les va, quedarán heridos con posibilidad de salvarse.
Los hermanos Almada, por ejemplo, filmaron montón de películas donde los balazos se empalmaban. Pero eran balas de plomo.
En el caso, balas, como dijera el erudito, que matan. Y como en el caso de Rosita Alvírez, de los tres tiros solo uno era mortal.
La vida, con el acelerador a todo lo que da. Tan es así que por eso mismo cada vez hay más mujeres narcas. La vida, como un vértigo.

Escenarios
Luis Velázquez

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