Jalón de orejas/El peor de los mundos/Manotazo a la vida

ESCALERAS: Gran jalón de orejas que la vida está dando a todos. Nunca el mes de enero del año anterior imaginamos los estragos del covid. Se miraba tan lejos… que dos meses después, ya estaban aquí.
Algunos dirán que somos afortunados porque antes de morir hemos vivido y padecido horrorizados una pandemia y que suelen ocurrir cada cien años.
Pero casi once meses después, en todas las familias hay personas contagiadas. Pero más aún, parientes, amigos, compadres, conocidos, vecinos, fallecidos.

PASAMANOS: Lo más peor es que por lo general, han muertos solos. En el hospital. En casa.
Y luego enseguida, y hasta donde es posible, enviados a la funeraria para reducir a cenizas.
Y las cenizas entregadas en urnas a la familia.
En ningún caso, nadie se ha podido despedir, decir adiós, llorar con ellos y ante ellos.
Una de las peores, duras y rudas muertes de que se tenga memoria.
Insólito: hay familias completas donde, y por ejemplo, el padre muere, y al mismo tiempo, deja contagiadas a la esposa y los hijos.
Será jalón de orejas de un Ser Superior. Será la vida que así es, “y ni modo, ¡qué le vamos a hacer!”. Serán los excesos de la vida, sin cuidarse.
Pero el manotazo a la vida es canijo. Nunca antes imaginado.

CORREDORES: En todos los hogares, la misma apuesta. Que ojalá hacia mediados del año el covid esté controlado.
Que toda la confianza del mundo en las vacunas famosas.
Pero el rebrote es implacable. Y en otras naciones del mundo, la autoridad ha recrudecido las medidas.
Y por añadidura, la esperanza diluida. Pulverizada. Hecha añicos.
“Veinte y las malas” que ni el epidemiólogo más competente y serio del mundo daría una fecha tentativa para que todos volvamos a vivir con tranquilidad en cada nuevo amanecer.

BALCONES: Son días y noches duros y rudos.
Por ejemplo, además de los contagios y muertes, la pesadilla con los secuestros, desaparecidos y asesinatos.
El tiradero de cadáveres y de impunidad por todos lados.
El cerradero de negocios, comercios, changarros, empresas y fábricas. El galopante, irrefrenable desempleo.
Las familias, quedándose sin la reserva de los modestos ahorros, sin tener quizá para comer al día siguiente.
Todo, en conjunto, peligroso cóctel explosivo cuyo destino social se desconoce.

PASILLOS: Además, el daño a la calidad educativa. Nunca será igual el rendimiento de las clases presenciales a en línea.
Menos si se considera que en las carreras técnicas los estudiantes necesitan conjuntar la teoría con la práctica.
Más si porque en el caso de los alumnos de semestres avanzados, incluso, listos para egresar, han pasado un año, par de semestres, sin prácticas.
Grave, también, el jalón de orejas con los hospitales saturados. Y las medicinas escasas. Y las enfermeras y los médicos en alto riesgo de vida.
Bueno, hasta las funerarias excedidas para la cremación, sin contar el montón de enfermos fallecidos en casas.

VENTANAS: Un tiempo muy difícil. Casi casi, el peor de los mundos. Cada vez, más ancianos arrastrados por el gran misterio del coronavirus.
Así como vamos, cuando la muerte merodea día y noche cerca, igual como en las películas de horror y terror, quizá convendría formar un Club de Sobrevivientes, digamos, para ver si se logra la solidaridad humana en medio de la desesperación social.
Y es que cuando los estragos sean peores, la única posibilidad de sobrellevar la vida será la misericordia y la compasión entre los seres humanos en los pueblos y las comunidades.

Barandal
Luis Velázquez

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