INEGI, demoledor/País con hambre/El infierno del Edén

ESCALERAS: El reporte del INEGI es demoledor. Retrata el peor país del mundo. Del Edén, al infierno. Peor tantito, al rincón más arrinconado del infierno.
Dos millones y medio más de desempleados dejó el año anterior. La mayoría, mayores de 45 años, cuando de hecho y derecho resulta un milagro lograr una chamba.
Cada vez más, más desocupada la Población Económicamente Activa, PEA, buscando, soñando, tocando puertas para un empleo.
Cada vez, más restaurantes cerrados. Y por añadidura, la población cesante.
Miles de empleos de tiempo completo perdidos.
Quebrados micronegocios, es decir, changarros y comercios, tienditas de abarrotes, fondas, etcétera.

PASAMANOS: La subocupación, duplicada. Cada vez más, más volumen de desempleados porque simplemente, por ningún lado encuentran una oportunidad.
Debido al COVID, a quien todos echan la culpa, los desempleados pasaron, en el dato oficial, de un millón 942 mil el año anterior a dos millones 549 mil hacia el cierre anual.
El número de personas, entre ellas, miles y miles de padres de familia, con seis meses y un año, o más, buscando trabajo, aumentó en un 332 por ciento.

CORREDORES: El balance anual del INEGI es devastador.
Los grupos más afectados con el desempleo son de 45 a 64 años de edad.
Luego enseguida, la población de entre 25 a 44 años.
El 51.3 por ciento de todos ellos, solo con la primaria completa.
El 39.1 por ciento, con el bachillero y la universidad.
Quizá ahí el INEGI quedó corto. Nadie diría que pretende ocultar el sol con un dedo.
Pero el desempleo está pegando duro y tupido y rudo a personas con una educación superior.
Taxistas, egresados de la universidad. Políglotas manejando taxis.

BALCONES: Dato estremecedor: hay en el país casi nueve millones de personas que se desmoralizaron y se dieron por derrotadas y dejaron de buscar empleo.
Otras, “colgaron los guantes”, convencidas de que ninguna posibilidad tienen ya. Incluso, hasta dirán que están “saladas”.
Toda la actividad económica, sin excepción, con su fuerza de trabajo reducida. En todos los trabajos, el reajuste de personal. Y en otros muchos más, el telón bajado y declarado en quiebra. En la ruina. Sin esperanzas para reabrir.
Duro el ramalazo para los dueños de los negocios y comercios. Más, mucho más para los empleados.

PASILLOS: Es el COVID, expone el INEGI. No, es la recesión y que, claro, jala y arrastra el COVID. La mitad del mundo y la otra mitad, acuartelada en casa para evitar el rebrote, entre otras cositas.
Por fortuna, y bendición del chamán, en el sector gobierno mantienen la planta laboral. Incluso, según el INEGI, en unos casos lo han incrementado, quizá, para paliar los estragos.
Pero de continuar así, nadie necesitaría una bola de cristal para vislumbrar que en el aparato gubernamental iniciarían los recortes.
Hay quienes por ahí sienten y presienten grave crisis, por ejemplo, en el pago de la pensión a los jubilados.
Entonces, y si ocurriera, las calles y avenidas se llenarían de ancianos inconformes protestando en la vía pública, incendiados y encendidos.

VENTANAS: El sector más afectado son los servicios. Siete de cada diez personas dejaron el empleo. Restaurantes. Cafés. Incluso, cantinas. Vaya, hasta trabajadoras sexuales en caída libre. Y ni con promociones especiales han podido levantar. Luego de la novedad, fracasó aquella oferta del table-dance a domicilio.
Los hechos y los datos son demoledores. De por sí, estábamos jodidos. 6 de los 8 millones y cacho de habitantes de Veracruz, en la pobreza y la miseria. Ahora, estamos mucho peor. Y como dicen por ahí, lo que falta.

Barandal
Luis Velázquez

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