SENTIDO COMÚN
Hay algo que está cambiando frente a nuestros ojos y que, curiosamente, hemos comenzado a aceptar como si fuera normal. Hace calor. Mucho calor. Y cada año parece que nos acostumbramos a decirlo con mayor naturalidad: “qué calorón”, “este año está peor”, “antes no hacía tanto calor”. Lo comentamos en la calle, en la oficina, en la casa, mientras esperamos el transporte o buscamos desesperadamente la sombra de un árbol. Pero, nos estamos acostumbrando a lo que no debería parecernos normal.
El termómetro marca 34, 35 o hasta 36 grados y, sin embargo, el cuerpo siente mucho más. La humedad convierte el aire en una especie de manta caliente; la ropa se pega al cuerpo, el sudor no refresca y las noches dejan de cumplir una de sus funciones elementales: permitirnos recuperarnos del calor del día. Y mientras tanto, seguimos llamándolo simplemente “el calor”.
Algo no cuadra, porque una cosa es tener días calurosos, algo perfectamente normal en determinadas regiones y épocas del año, y otra muy diferente es observar que las temperaturas extremas se vuelven más frecuentes, que duran más tiempo y que las noches tampoco ofrecen el alivio de antes.
MÁS QUE SOLO CALOR
Por cierto, el termómetro tampoco cuenta toda la historia. La humedad, la radiación solar, la ausencia de viento y las condiciones de las ciudades pueden hacer que la temperatura que realmente soporta nuestro cuerpo sea considerablemente mayor. No es imaginación. No es exageración. Y tampoco es una moda inventada por quienes hablan del cambio climático. La ciencia lleva décadas advirtiéndolo. La Organización Meteorológica Mundial confirmó que 2015-2025 fueron los once años más cálidos registrados y que 2025 estuvo entre los años más cálidos de la historia instrumental. Los datos pueden discutirse políticamente, pero difícilmente pueden ignorarse. La realidad está ahí afuera y basta con salir a la calle e incluso estar dentro de la casa si aire acondicionado.
EL TERMÓMETRO NO CUENTA TODA LA HISTORIA Aquí es donde debemos detenernos. Estamos acostumbrados a medir el calor exclusivamente por la temperatura del aire. Si el termómetro dice 35 grados, pensamos que ese es el problema. Pero el cuerpo humano no funciona como un termómetro.
Cuando la humedad es elevada, el sudor se evapora con mayor dificultad y el organismo pierde capacidad para enfriarse. Y cuando las noches permanecen calientes, el cuerpo tampoco tiene tiempo suficiente para recuperarse. Ahí comienza el verdadero problema.
PELIGRO LATENTE
Una ola de calor no necesariamente necesita romper todos los récords para ser peligrosa. Puede ser suficiente con que se prolongue durante varios días y que las noches no refresquen.
Toda vez que eso sucede, aumentan los riesgos para la salud. Deshidratación, agotamiento, golpes de calor y agravamiento de enfermedades cardiovasculares y respiratorias son solamente algunas de las consecuencias. Los más vulnerables son, como casi siempre, quienes tienen menos posibilidades de protegerse: adultos mayores, niños, personas enfermas, trabajadores que permanecen largas jornadas bajo el sol y familias que viven en viviendas donde el calor prácticamente no tiene salida.
Mientras tanto, nuestras ciudades tampoco ayudan. Hemos llenado de concreto lo que antes tenía árboles. Hemos sustituido áreas verdes por estacionamientos. Hemos cubierto con asfalto superficies que alguna vez absorbían agua. Y después nos preguntamos por qué las ciudades se convierten en hornos.
ISLAS DE CALOR
Las llamadas islas de calor urbanas no son ciencia ficción. El concreto y el asfalto absorben la energía durante el día y la liberan lentamente durante la noche. Por eso una calle con árboles puede sentirse completamente distinta a una avenida llena de edificios, vehículos y pavimento. Y aquí aparece una pregunta incómoda: ¿estamos construyendo ciudades para el clima que tuvimos o para el clima que estamos comenzando a tener?
Porque si seguimos construyendo de la misma manera, tendremos que acostumbrarnos a pagar una factura cada vez más elevada. Más electricidad. Más agua. Más enfermedades. Más infraestructura para enfrentar emergencias. Más pérdidas económicas.
EL CAMBIO CLIMÁTICO YA NO ES UN ASUNTO DEL FUTURO
Durante años nos dijeron que el cambio climático era un problema para nuestros hijos o nuestros nietos. Pues resulta que nuestros hijos ya lo están viviendo. Y nosotros también. Está en las temperaturas extremas, en las sequías, en los incendios, en las lluvias extraordinarias, en el calentamiento de los océanos y en esas noches en las que abrir la ventana ya no significa necesariamente recibir aire fresco.
Por eso resulta indispensable dejar de tratar el cambio climático como un asunto exclusivamente ambiental. Es también un asunto económico, de salud pública, de infraestructura, de agua, de planeación urbana y, por encima de todo, de supervivencia.
Por cierto, hablar de cambio climático tampoco debe convertirse en una licencia para politizar absolutamente todo. Hay responsabilidades compartidas. Los gobiernos tienen que hacer su parte, pero también las empresas, las ciudades y los ciudadanos.
Necesitamos más árboles y menos cemento. Más áreas verdes y mejor planeación urbana. Sistemas de alerta eficaces. Espacios públicos que permitan refugiarse del calor. Mejor infraestructura hidráulica. Mayor eficiencia energética. Y políticas de largo plazo que no cambien cada vez que cambia el gobierno.
Toda vez que el fenómeno es global, las soluciones también deben serlo. Pero eso no significa que debamos esperar a que alguien más actúe. Adaptarse al nuevo escenario climático es indispensable, pero adaptarse no significa resignarse.
NO HAY QUE SALVAR AL PLANETA, HAY QUE SALVARNOS NOSOTROS
La parte más incómoda de esta historia es que todavía existe la posibilidad de que las cosas empeoren. El Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente ha advertido que el rebasamiento temporal de 1.5 grados centígrados será muy probablemente inevitable y que cada fracción adicional de calentamiento incrementa los riesgos y los daños.
Por tanto, habrá más olas de calor, más noches extremadamente cálidas, mayor presión sobre el agua, más estrés para los cultivos, mayor riesgo de incendios, océanos más calientes, retroceso de glaciares, elevación del nivel del mar, mayor presión sobre las ciudades costeras y mayores riesgos para la salud.
También hay una cuestión de justicia que resulta imposible ignorar. El calor tampoco es democrático. No afecta de la misma manera a todos. Una persona con recursos puede tener aire acondicionado, una vivienda mejor aislada, automóvil, agua disponible y la posibilidad de trabajar desde casa. Pero un albañil no puede construir una pared desde el aire acondicionado. Un campesino no puede sembrar desde una oficina. Un vendedor ambulante no puede apagar el sol. Un trabajador de la construcción no puede pedirle a la jornada que espere a que baje la temperatura. Y una familia que vive en una vivienda precaria difícilmente puede combatir una ola de calor con algo más que un ventilador.
PULÍTICAS PÚBLICAS
Esto obliga a que las políticas públicas tengan un componente social. No basta con anunciar metas internacionales. Hay que preguntarse qué ocurrirá con el trabajador que permanece ocho horas bajo el sol, qué ocurrirá con las comunidades que enfrentan problemas de agua, qué ocurrirá con los agricultores si cambian los ciclos de lluvia, qué ocurrirá con las ciudades costeras si aumenta el nivel del mar y qué ocurrirá con los hospitales si cada año tenemos más personas afectadas por las altas temperaturas. Porque el cambio climático no solamente modifica el clima. Modifica la economía, la salud y la forma en que vivimos. Y si no actuamos con inteligencia, también puede profundizar las desigualdades.
POR: GABRIEL GARCÍA-MÁRQUEZ
El Diario de Minatitlán