PANORAMA GEOPOLÍTICO
En 1773, colonos americanos hartos de la imposición fiscal de la Corona Británica arrojaron cargamentos de té en el Puerto de Boston, lo que se convertiría en uno de los actos más importantes para la independencia estadounidense. Dos siglos y medio después, en 2009, el nombre de aquel acto de rebeldía fue adoptado por una facción del Partido Republicano, en respuesta a la ineptitud de la cúpula conservadora frente a la administración de Barack Obama. En las elecciones de 2010, el llamado Tea Party asestó un golpe al ala moderada del partido, ganando 63 asientos en el Congreso y tomando así las riendas del poder dentro del Partido Republicano. Donald Trump es el heredero directo de este movimiento.
La misma dinámica que fracturó al Partido Republicano también se gestó al otro lado del espectro político. En las primarias demócratas de 2016, Bernie Sanders, senador independiente de Vermont y autodeclarado socialista democrático, desafió a Hillary Clinton con un argumento que hoy resulta cuantificablemente cierto: las políticas más populares entre el pueblo estadounidense no son las del centro, sino las de la izquierda. Esto no fue suficiente para ganar la contienda y, entre escándalos de corrupción y acusaciones de tráfico de influencias, Hillary Clinton se quedó con la nominación demócrata. Todos sabemos qué ocurrió después.
En el último año, el movimiento progresista ha logrado triunfos estratégicos que pintan un futuro prometedor para quienes ven en el socialismo democrático el antídoto al trumpismo. Zohran Mamdani logró lo que muchos consideraban imposible: derrotar en las primarias a Andrew Cuomo, un dinosaurio de la cúpula demócrata, para convertirse en el primer alcalde socialista democrático de Nueva York. Junto a figuras como Alexandria Ocasio-Cortez, reelecta con márgenes históricos, Mamdani representa la vanguardia de un movimiento que ha ganado terreno en la ciudad más importante e icónica de Estados Unidos.
UNA CUESTIÓN DE VOCABULARIO
Las encuestas son consistentes: políticas como un sistema de salud pública accesible, la reducción del costo de la educación universitaria, impuestos progresivos a los más ricos y la expansión de los programas de vivienda social presentan niveles de aprobación que trascienden líneas partidistas, con apoyo significativo incluso entre votantes independientes y republicanos moderados. Sin embargo, el término “socialismo” sigue siendo tóxico para el pueblo estadounidense, particularmente entre los independientes que deciden las elecciones. Esa es la trampa en la que ha caído el progresismo demócrata: tiene las políticas correctas y el vocabulario incorrecto, y en política electoral, la narrativa suele ganarle a los números.
“ES LA ECONOMÍA, ESTÚPIDO”
La famosa frase del estratega político James Carville, arquitecto de la exitosa campaña presidencial de Bill Clinton, es tan relevante hoy como lo fue en 1992, cuando Clinton derrotó a George H. W. Bush. La inflación, los precios de la gasolina y las costosas intervenciones en Medio Oriente están causando descontento entre los votantes. El mejor ángulo para los demócratas es la economía.
Los avances electorales del año pasado en Nueva Jersey y Virginia, en distritos suburbanos históricamente moderados, sugieren que integrar el populismo económico en el discurso de candidatos centristas está resultando efectivo para ganar en áreas más conservadoras. Estos resultados representan una pequeña parte del camino a recorrer para la total redefinición del partido, pero enseñan una clara estrategia a seguir para lograrlo.
La reducción del costo de vida, la construcción de vivienda y la promesa de no empezar más guerras interminables son el discurso ganador para romper la coalición de Donald Trump y construir la propia.
REEMPLAZANDO LA GUERRA CULTURAL POR LA GUERRA DE CLASES
El mensaje es claro: ni la causa palestina ni la migración sin regulación ganan elecciones presidenciales. La economía sí.
Para que el movimiento progresista logre triunfos definitivos y no solo batallas aisladas, debe elegir bien sus guerras. Es necesario alejarse del ciclo de pruebas de pureza ideológica y abrazar el pragmatismo electoral. Si el ala izquierda quiere dejar de ser la facción rebelde para convertirse en la fuerza gobernante, debe entender que las políticas públicas de tinte socialdemócrata son inmensamente populares, pero el socialismo como etiqueta sigue siendo veneno en las urnas. El extremismo es rechazado por la mayoría de los votantes estadounidenses. No es lo mismo ganar en Nueva York, la ciudad más progresista de Estados Unidos, que ganar en el sur del país. La reconstrucción del Partido Demócrata no ocurrirá hasta que sus líderes aprendan a hablarle al votante en su propio idioma: el de las políticas económicas que ya quiere, pero que aún no sabe que ellos pueden darle.
Por: Luis Roberto Chagra
El Diario de Minatitlán