Aunque muchos entendemos que la pérdida de valores es algo de nuestros días, hay que recordar que la historia de la humanidad tal vez no es otra cosa que la eterna lucha entre el bien y el mal.
Entre la verdad y la mentira en que vivimos.
En la antigua Grecia el filósofo Diógenes de Sinope se hizo famoso por el hecho de que aparecía en una plaza de Atenas a plena luz del día portando una lámpara de aceite mientras decía que buscaba un hombre.
Cuando le preguntaban sobre quién o como era ese hombre que mencionaba, el respondía con prontitud:
“Busco a un hombre que me pueda demostrar que es honesto” contestaba con energía, “aún no lo encuentro” y continuaba caminando entre la multitud que lo rodeaba expectante.
Nadie se atrevía a encararlo y él continuaba su deambular.
Al parecer solo Sócrates pudo serlo.
Lo cierto es que aunque existen y siempre han existido personas honestas, se sigue necesitando una linterna para encontrarlas.
No solo porque quizás son las menos, sino porque honestidad y humildad andan generalmente de la mano.
Y por eso muchas veces los honestos no son quienes brillan en la mundanidad ni quienes disfrutan de las loas; por el contrario mueren como vivieron, sin honores ni rimbombancias pero con el respeto imperecedero de quienes hayan tenido el privilegio de haberlos sabido encontrar.
Constantemente se escuchan voces clamar la necesidad de generar una cultura de valores, pero cómo lograrlo si a diario el mensaje que recibe la sociedad, incluso de muchos de los que claman por ello, es que el valor del ser humano está asociado al poder político o económico que tiene, por eso estamos plagados de ídolos con pies de barro, de malos líderes que representan modelos equivocados y rendimos homenajes a los que no los merecen, mientras dejamos en el olvido a los realmente grandes.
Pretendemos que la gente tenga civilidad, honestidad, que cumpla rigurosamente con la ley y sus deberes ciudadanos, mientras constantemente les hacemos pasar frente a sus ojos la arrogancia del poder, la corrupción apañada bajo el manto de la impunidad y los irritantes privilegios que hacen que algunos se coloquen por encima de la ley.
Lo que es peor, llevamos el mensaje de que importa más un funcionario corrupto, un político irresponsable o una persona rica, sin importar cómo haya hecho su fortuna o puesto en el gobierno, que un académico consagrado, un verdadero líder o una persona honesta, que claro que las hay.
Si queremos tener más ciudadanos íntegros, empecemos por valorar a esos héroes, desconocidos para muchos.
Ya no ver las imágenes de la propaganda que los poderosos nos presentan todos los días.
Para así tener la capacidad de separar la paja del trigo y no sigamos sepultando en el silencio a aquellos que no requieren de una linterna para descubrir su integridad.
Por: Antonio Aceves
El Diario de Minatitlán