Reikiavik, julio de 1972.
El campeón Boris Spassky, para desconsuelo de los suyos, se prestó a jugar la tercera partida en aquella escondida sala de ping pong.
La cual contaba con la única presencia del árbitro y un circuito cerrado de televisión (muy silencioso).
Sin público presente, el Match por el campeonato mundial de Ajedrez de 1972 se reanudó en un lugar totalmente impensable.
Por supuesto esta vez Robert Fischer no pareció percatarse de ningún ruido.
Era aquel un entorno alienígena para un ajedrecista profesional.
Aunque no tanto para Fischer, claro, que llevaba comportándose como un alienígena desde sus comienzos.
Lo peor para Spassky fue que. accediendo a los deseos del aspirante norteamericano, se cargó con una losa psicológica que marcó toda la primera mitad del match.
Bobby se había salido con la suya.
Así de simple.
No pareció tener problemas para concentrarse en aquella extraña situación, pero el campeón ruso estaba mentalmente tocado.
Jugó mal, muy por debajo de su verdadero nivel.
Y perdió.
2 – 1, se redujo la ventaja del campeón.
Aún a favor de Boris Spassky pero todo el Match había cambiado.
El campeón seguía por delante pese a todo, pero el revuelo organizado le había minado la concentración y tardaría en recuperarse.
Era evidente que no estaba al cien por cien.
Por eso, nadie aplaudió la primera victoria de Bobby sobre Spassky en toda su carrera profesional.
No había motivos.
Incluso los medios estadounidenses tenían que admitir que el pobre Boris estaba en una situación delicada.
Aquella partida fue un punto negro en la final:
Aunque Fischer había planteado una novedad teórica interesante y atrevida —permitiendo que Spassky atacase su enroque, medida muy heterodoxa y arriesgada para lo habitual en el estilo de Fischer—, todos tenían claro que el campeón había perdido a causa de su estado mental y que, en otras condiciones, podría haber luchado con más energía para intentar obtener el tercer punto.
Tal y como los expedicionarios soviéticos habían temido, los nervios de Spassky fallaron.
Los rusos empezaron a acusar al genio de Brooklyn de haberse embarcado en una guerra psicológica para desestabilizar al campeón.
Era bien sabido en el mundillo de los tableros que Spassky no poseía el carácter pétreo de un Petrosian, por ejemplo.
Quizá protestaba oficialmente ante la conducta de Fischer, pero siempre terminaba plegándose a sus manejos.
Un campeón que, de tan bondadoso, podría decirse que era ingenuo (en el buen sentido, claro está).
En adelante el Match fue dominado por Bobby.
Por: Antonio Aceves
El Diario de Minatitlán La voz ciudadana que Trasciende