Pomar, el niño prodigio del ajedrez que se perdió

JULIO 16 DE 1944, DOMINGO EN ASTURIAS

Frente a frente, separados por un tablero de ajedrez se sitúan Alexander Alekhine, de 51 años, campeón del mundo por aquel entonces y una de los más destacados ajedrecistas de todos los tiempos; y un niño mallorquín de 13 años, Arturo Pomar, “Arturito” para la propaganda del régimen franquista, estrella en ciernes entonces.

Se celebraba el primer Torneo Internacional de Ajedrez de Gijón y las partidas se disputaban en la sede del Club Astur de Regatas, de día en el pabellón de verano. Si se hacía de noche, la disputa continuaba en el Casino de la Unión.

El Gran Alekhine y un crío, frente a frente.

El maestro arrancó con una Apertura Española. Arturito, con negras, opta por una sólida variante denominada Defensa Steinitz Diferida.

El resto de la partida ya es historia, jaleada en la época por los medios de comunicación españoles y por la prensa internacional: el chaval firmó tablas con el número uno mundial, que si bien ya estaba en horas bajas, mantenía la aureola de los grandes.

Tan es así que cobró 1.000 pesetas de la época y el alojamiento por participar en un torneo que nacía y que tuvo en el desarrollo de esta partida su gran espaldarazo.

El ruso se había paseado por el torneo, no había perdido ni una sola partida y con Pomar, pese a la corta edad e inexperiencia competitiva del mallorquín, tuvo que emplearse muy a fondo.

La primera sesión de juego, que se inició a primera hora de la tarde, duró cinco horas. La partida se reanudó tras la cena durante dos horas más y aún hubo que añadir una hora más a la mañana siguiente.

Fueron ocho horas de lucha encarnizada en las que Alekhine incluso, según cuentas las crónicas de la época, estuvo por momentos acorralado.

Al final, la partida acabó en tablas y el público despidió a Arturito, con una ruidosa ovación.

Kotov, por aquel entonces entrenador de ajedrez en la extinta Unión Soviética, gran teórico de este juego, dijo que de haber nacido en su país, Pomar habría sido Campeón.

Por varios años se alzó con el título de campeón español, pero su caída fue inevitable.

No tuvo apoyos, el régimen se olvidó de sus hazañas y se malogró a un genio del ajedrez que no llegó a desarrollar todo su potencial.

Fue un gran desperdicio, su gran talento solo se da una vez cada siglo, lastima por España.

Román Torán, nacido en Gijón, el 8 de octubre de 1931, fallecido en Madrid el 1 de octubre de 2005, ajedrecista, periodista deportivo y divulgador de esta especialidad, narra el recuerdo de esa partida en el prólogo del libro “Arturo Pomar, una vida dedicada al ajedrez”, de Antonio López Manzano.

“Conocí los primeros pasos de “Arturito” cuando participó en el Campeonato de España de 1943, como subcampeón de Mallorca, pues el campeón, el doctor Ticoulat, no pudo desplazarse a Madrid. La actuación de “El niño del ajedrez” en el Torneo Nacional de 1943 -semifinal del Campeonato de España de 1944- y en el Torneo Internacional de Madrid del año 1943 dieron una gran propaganda al ajedrez. Yo, que apenas conocía algo más que el mate pastor, me convertí en un hincha de “Arturito” y en primera fila me encontraba cuando se iniciaron las partidas del Torneo Internacional de Gijón, mi ciudad natal, en 1944″.

Torán trabó amistad con Pomar, con quien en esos días de estancia en Gijón salió a jugar a la playa e intercambió novelas de “El Coyote”, héroe de la época. “¿Cómo le conocí?”, explica el ajedrecista gijonés, “sencillamente, me acerqué a preguntarle el resultado de su partida, a lo que me contestó: “Hoy perdí,… sí”. Quise consolarle y no se me ocurrió cosa mejor que decirle: “Mañana ganamos”. Nos reímos y le invité a ir juntos a la playa. También recuerdo cómo lloraba “Arturito” cuando perdía una partida y a su madre lo consolaba”.

Tras el torneo de Gijón, Alekhine se comprometió a facilitar unas semanas de entrenamiento a Pomar, que se trasladó con su familia a Madrid, a fin de que el chaval tuviera buenos adversarios. “Sin embargo, le faltó una buena dirección en su carrera, reducir su intensa actividad y prepararse mejor para los torneos. Porque obtuvo excelentes resultados, pero a costa de perder mucha energía. Además, se le veía cansado de tanto ajedrez”, relata Torán en el prólogo del libro.

De los logros de Arturo Pomar en los dos torneos de ajedrez de Gijón en los que participó dio cuenta en el diario “Voluntad” un conocido ajedrecista que firmaba sus crónicas como “Doctor Intríngulis”. Era el médico psiquiatra José Salas Martínez, padre de la científica Margarita Salas y una institución en el Gijón de la época, que disputó alguna partida de ajedrez con “Arturito”, de la que ha quedado memoria en distintas fotografías.

Muchos años más tarde, en Estocolmo, invierno de 1962, dos hombres de mundos opuestos se enfrentaron sobre un tablero de ajedrez. Arturo Pomar, el niño prodigio de la posguerra que ahora trabajaba como auxiliar de Correos en Ciempozuelos, encaró su última gran oportunidad deportiva contra un americano joven, excéntrico y ambicioso: Bobby Fischer, uno fue peón del franquismo; el otro lo será de la Guerra Fría.

El duelo terminó en tablas tras 77 jugadas.

Y después se vino la noche para Pomar, que por sus pobres condiciones económicas ya no pudo participar en más torneos de alto nivel.

Qué gran desperdicio sin duda, fue muy triste su destino.

Por: Antonio Aceves

TE PUEDE INTERESAR

CORREDOR INTEROCEÁNICO, PROYECTO CLAVE PARA EL DESARROLLO ECONÓMICO

Es una alternativa al Canal de Panamá y en la medida en que vaya aumentando  …