Los hijos del coronavirus

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La alerta roja está en el tendedero público. Uno de los recuerdos del coronavirus será que hacia fin de año y el siguiente el número de embarazos se multiplicará en el país. Todo, por el confinamiento. Las pasiones desatadas por tanto encierro. En adultos y jóvenes. Y hasta menores de edad.

El reporte oficial es de unos 146 mil embarazos. Se ignora la encuesta a mano alzada para determinar el número. Pero sin duda, y como siempre ocurre, son mucho más.

Bastaría referir el exitazo con los table-dance a domicilio y virtuales y la venta insólita de juguetes sexuales.

Además, los Super Saturday de los jóvenes que como en Londres, en el otro extremo del mundo, y Tlacotalpan, en Veracruz, significó la liberación de los chicos para lanzarse a los antros y bares.

Los expertos dirán que se trata de una consecuencia natural. Quizá. Indicativa, no obstante, porque en la estadística hay menores de edad. Incluso, chicas de 13 y 14 años que ya esperan un bebé.

Y lo significativo, es que habrían quedado embarazadas… en casa. O en casa de las amigas.

De por sí, Veracruz, por ejemplo, en el ranking nacional. Primer lugar con adolescentes embarazadas. Primer lugar en abortos. Unos, con la comadrona. Otros, en clínicas en la Ciudad de México y hasta en Estados Unidos para salir caminando de compras en las plazas comerciales.

La vida, entonces, en el tiempo del COVID.

La enjundia y la pasión sexual en su más alto decibel.

Y ojalá, nada de inculpar a los menores ni tampoco a los jóvenes, incluso, a las parejas o disparejas mayores.

La fuerza del deseo descarrilado es inverosímil. “La primera tentación” se llaman varias películas. “El primer beso”. “El primer amor”.

Digamos, y en todo caso, y en nombre de las buenas conciencias, la gente VIP, que los embarazos se salieron de control.

Y ni modo, solo queda el aborto o empezar a tejer y destejer chambritas para esperar al bebé con toda la alegría del mundo.

A nadie, claro, se le ocurriría bautizar al niño con el nombre de Coronavirus, COVID o Pandemia.

DESTRAMPE SEXUAL

Se ignora si la educación sexual y la formación moral, religiosa digamos, significan un muro impenetrable ante el deseo.

Más todavía, ante la influencia de los amigos.

Y ante las tentaciones circunstanciales.

Y ante el sistemático acoso de las amigas en la hora estelar, digamos, hacia el final de la noche en una fiesta amical, un fin de semana, un paseíto en el yate, un destrampe piyamero.

Se ignora si las encomiendas de los padres a los hijos para mantener la sana distancia del deseo surten efecto, o por el contrario, “en la primera de cambios”, los muros quedan desmoronados.

En la antigüedad era famoso el cinturón de seguridad para las mujeres, pero así era destruido, pulverizado, hecho añicos.

El gran destrampe sexual, por ejemplo, hacia la mitad del siglo pasado, el tiempo de los hippies, con la faldita quince centímetros arriba de las rodillas femeninas, el pelo largo, el alcohol y la droga y el intercambio de parejas, los tríos, los cuartetos. Atracones de semanas, meses.

Aquel oleaje pasó de moda. Como la mayoría de las modas. Pero el deseo sexual es perpetuo y sigue reproduciéndose en cada nueva generación. El despertar. La primera vez. Todo es nuevo. Todo quiere conocerse. Y a vivirse, con el acelerador metido hasta el fondo y un bidón de gasolina de reserva para evitar paradas en una gasolinera.

Por eso, más el acuartelamiento, el número insólito de embarazos en el país anunciados por los expertos.

Todo, digamos, lo previeron. O lo quisieron prevenir. Menos contagios. Menos muertos. Cubre-bocas. Careta. Gel. Sana distancia. Encerrarse en casa.

Menos, el deseo sexual fue contemplado en la posibilidad.

Moraleja: todo enclaustramiento despierta a la pantera y al tigre dormido. El sexo, como un pulpo que avasalla a todos por igual.

CADA QUIEN SU EMBARAZO

Ojalá, como dicen en MORENA, “por el bien de todos”, las parejas y sus padres sean felices con el bebé que esperan.

Habrá quienes, claro, se vayan al aborto, incluso, clandestino. Cada quien, pues, su embarazo.

Es más, en el tendedero público habrá nombres ya para los niños.

Por ejemplo, y a tono con la época, digamos, con el programa “La Voz”, si es niño bien podría llamarse Christian, por Nodal, o Ricardo, por Montaner. Y si niña, Belinda o María José. Incluso, para recordar siempre al primer presidente de la república de la izquierda en el siglo XXI, Andrés Manuel. De cariño le llamarían “El pejecito”. O si vamos más allá, Claudia, por Sheinbaum, la inminente candidata presidencial de López Obrador, ajá.

El niño, claro, traerá un cubre-bocas en la axila. Acaso una careta. Hay tapabocas con el retrato de López Obrador y que un artesano produce en la ciudad de Veracruz y los vende, con mucho éxito, por cierto, digamos, como la venta virtual de pambazos en Xalapa.

Tal cual, a mirar con optimismo la vida. Ya se sabe, por ahora, pecado mortal el aborto. Y si en un descuido un cristero aparece y denuncia al médico, entonces, el doctor y la chica que aborte y su pareja pararían en la cárcel en un Veracruz donde la Fiscalía General tiene abiertas ciento cincuenta y nueve carpetas de investigación contra madres abortistas para, caray, insólito, inadmisible, llevarlas a la cárcel.

Los hijos del deseo y el placer estarán por nacer. Serán también los hijos del coronavirus.

Expediente 2020/Luis Velázquez

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